domingo, 10 de marzo de 2013

¿TE IDENTIFICAS?




Vivimos en una sociedad en la que el ritmo de vida acelera y altera nuestros sistemas corporales,  vivimos acelerados, nuestra mente se dispara en multitud de pensamientos, y,  con nuestra mente se disparan el resto de dispositivos de alerta de nuestro organismo, llegando a regalarnos con enfermedades tales como cefaleas, taquicardias, y problemas emocionales tales como la ansiedad, las depresiones, el insomnio, todo síntomas del stress, que se cobija bajo la fachada del miedo, la ira, la ansiedad, la impaciencia, la agresividad, y que esta ayudado por las prisas en la forma de vida, la mala alimentación, el exceso de tóxicos en nuestra dieta, malos hábitos que nos ayudan a incrementar el malestar físico y emocional.
De forma natural nuestro organismo está preparado para adaptarse a estos cambios generados por el estilo de vida, pero solo hasta un cierto punto, cuando abusamos de esta capacidad natural entonces empezamos a sentir los síntomas de que estamos realizando un sobre-esfuerzo. El stress influye en el estado anímico de diferentes maneras, hay cambios de humor que son superficiales, mientras otros parecen más profundos y sutiles, muchas veces estas emociones tienen su origen en la falta de control o de realización de trabajo: la apatía, el aburrimiento, son sensaciones relacionadas con la falta o la escasez de estímulos, y pueden provocar tanto malestar como otras emociones más fuertes. Hay emociones más perjudiciales que intervienen en la depresión, como el sentimiento de culpa, la vergüenza, la falta de esperanza, la impotencia, la fatiga, para acabar en la depresión. Si se mantienen demasiado tiempo y con una intensidad elevada podrían causar trastornos psicológicos graves y ocultos.
El  comportamiento.
La modificación del comportamiento a consecuencia del stress, puede perjudicar la manera en que nos relacionamos con los demás. Puede ser además influenciado por diversos hábitos nocivos:
. Duración excesiva de la jornada de trabajo.
. Falta de días de descanso.
. Preocupaciones laborales.
. Falta de sueño.
. Falta de ejercicio físico.
. Hábitos alimentarios incorrectos.
. Tabaco, medicamentos, drogas, etc…
. Herencias de malos hábitos familiares.

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